Es un cuento con 5 capitulos y 6 personajes, acá va el primero, banda sonora: mujer florero de ella baila sola.
MARCELA AMA A FERNANDO
Marcela se casó muy joven, de 18 años, no estaba embarazada, no estaba aburrida en su casa, no era fea, ni necesitaba dinero, estaba enamorada, y lo ha estado cada vez más desde entonces. Han pasado diez años, no tienen hijos porque ella primero quiso terminar la carrera, y después el quiso abrir su propia empresa, así que llevan una década de luna de miel.
Todos los días mientras reza le da gracias a Dios por su esposo, su fiel esposo que la cuida y la ama tanto como ella a el, por su matrimonio y por los hijos que ya pronto van a llegar.
Marcela no es boba, aunque muchos, incluyendo a Fernando a veces piensan lo contrario, lo que pasa es que está enamorada, y el amor como sabemos, es ciego, y a veces estúpido.
La rutina es la misma cada día, entra a trabajar a las 9 am, pero se levanta a las 5, antes que el marido, prende el calentador, y monta el desayuno, porque el con solo cereal, que es lo que desayuna ella, no queda satisfecho, hay que exprimir las naranjas, porque el jugo que venden ya hecho en los supermercados siempre sabe a agrio, eso dice el, porque ella no encuentra la diferencia, pone a cocer los huevos hasta que flotan y así los deja mucho más rato, por nada del mundo puede estar la yema blanda, eso a Fernando le produce nauseas, el pan a la tostadora, mientras ella va hasta la cama:
- Levantate amor, que ya son las y media.
Un beso dulce, y para arriba, el camina a un baño donde esta el agua justa en la tibieza que quiere, la toalla suave, y el cepillo con la crema dental en la cantidad exacta, nada está al azar, porque su mujer es la mejor ama de casa.
Ella mientras tanto, aunque se muere por tirarse a dormir hasta las 7 o hasta la 8, si al fin y al cabo la oficina queda en el edificio de al frente, saca la corbata, la camisa, el traje, los zapatos y las medias, cuidando que todo combine, que no se haya puesto ninguna de las piezas en las dos semanas anteriores, poniendo las mancornas y el pisa corbatas de siempre, no se pone otros , cada día esos mismos que ella no sabe donde los compró, pero que a el le gustan más que cualquiera, incluso los de amatista que le regaló el cumpleaños pasado, saca el perfume, el desodorante, y los pone justo al lado de la ropa, es más fácil dejarlos dentro del closet y que el se los eche y los ponga de nuevo en su lugar, pero a pesar de que no le ha dicho nada cuando olvida sacarlos la mira con enojo y a ella eso no le gusta, así que un sacrificio más no importa. Corre a la cocina, casca los huevos que ya están fríos, porque no los tolera ni siquiera tibios, los acomoda amorosamente junto al pan, sirve el chocolate que no puede tener ni una pizca de leche, y lo lleva todo en una bandejita a la mesa del comedor, junto con el jugo de 4 naranjas tangelo exprimidas a mano.
No desayuna todavía, solo lo mira y le habla de varias cosas mientras el responde siempre de forma cortes: no lo sabia, que gracioso, ni lo sospechaba, quien iba a decirlo. Al terminar Fernando pasa una servilleta de tela por las comisuras de los labios lo que significa que ya puede levantar la mesa, lo hace feliz por el segundo beso dulce de la jornada, que a decir verdad no lo es tanto, lleva un olor a sarna por el huevo que a ella ya no le estorba.
Deja todo muy apiladito y con agua jabonosa en el lavaplatos para ir hasta el baño nuevamente a prepararle el cepillo, y la seda dental, lo llama con cariño y sale a buscarle el maletín, las llaves, el celular, el bluethoot, y la billetera, todo en una ordenada pila que se corona con un confite cualquiera, sabe que no se lo va a comer, pero no importa, se lo da para que no olvide que lo ama más que a nadie en este mundo.
El sale sin mirarla, ella lo vigila hasta que cierra el ascensor, le manda un beso con la mano y entonces el sonríe de medio lado, para luego mirar fijo sus zapatos muy bien lustrados, hasta que la puerta se cierra, entonces Marcela camina tranquila hasta la ventana del estudio y detras de las cortinas espera que el carro pase, se esconde porque una vez alguien le contó a Fernando que ella lo miraba desde ahí al partir y el se enojó, entonces ella lo siguió haciendo pero camuflada, para evitar discusiones tontas.
sábado, 5 de enero de 2008
jueves, 15 de noviembre de 2007
Joseph Merrick: el hombre elefante.
"Una cosa que siempre me entristeció de Merrickera el hecho de que no podía sonreír.Fuera cual fuese su alegría, su rostro permanecía impasible.Podía llorar, pero no podía sonreír."Sir Frederick Treves
Creo que recordaré siempre lo atroz de la adolescencia, esa epoca en que la cara la tenía llena de
aceite y espinillas, el cuello largo y las piernas torpes, ninguna ropa me quedaba bien, en mi curso yo era la unica con 14 años, todos eran mayores que yo, y parecía que hacía mucho habían cruzado esa etapa sin tanto dolor, era casi la fea del grupo, fue muy duro para mi, bastante.
Pero resulta que eso no duró mucho, y ya después era igual que los demás y no me sentía extraña y rara, claro que no intento mucho recordar esos tiempos porque las heridas cicatrizadas duelen todavía.
Ahora bien, ¿para qué traigo esto a colacion?, para hacer una comparacion absurda, pero válida, entre ese corto tiempo en que fui un bicho raro y los 27 años en que Joseph Merrick, un joven londinense del siglo XIX tuvo que vivir siendo el hombre más monstruoso de la historia hasta entonces (para ser sinceros, hasta hoy, pero ni él ni los que vivian entonces lo sabían). Sufría de una terrible enfermedad: el sindrome de proteo, la cual, gracias a Dios y a la genetica, es muy rara, y en el se presentó de forma terrible, era pobre y contaba con una madre amorosa que le prodigó todos los cuidados que cualquier niño necesita y el más, especialmente en aquella Londres excluyente, hasta los once años, cuando ocurrió lo que el mismo denominó "el gran infortunio de mi vida" su mamá murió dejandolo con un padre que se casó con una mujer malvada que lo humiló hasta el cansancio, el pobre niño deformado ya, escapó muchas veces, y todas menos la última su padre fue por el, le consiguió un permiso de vendedor ambulante pero nadie quería abrir sus puertas a ese monstruo y además los niños lo perseguian arrojandole piedras e insultos.
Su vida fue exageradametne dura, hasta que se empleó como fenomeno de circo, que fue la primera vez, a pesar de lo que pudiera pensarse que fue tratado de forma digna, fue precisamente en una de las presentaciones en que conoció a alguien que se interesó en el de forma cientifica y amistosa el Dr Sir Frederick Treves, quien era medico y se propuso estudiar la causa para así sanar la enfermedad, no lo consiguió, pero gracias a él Joseph pudo tener nuevamente algo aprecido a un hogar: un hopital donde vivio hasta el ultimo día de su vida.
Estas cosas las leía aquí: http://axxon.com.ar/rev/145/c-145Divulgacion.htm, donde además hay fotos y explicaciones muy cientificas tanto de la enfermedad que él tuvo como de las que confudieron con su mal, mencionan ahí que Merrick era un hombre extremadamente culto, algo raro en su condicion social y su epoca, que además escribió una autobiografía, la idea inicial de este blog era recomendar cosas que yo me hubiera leido, pero hoy lo que quiero es contarles que me muero por leer ese libro y adentrarme a la tragedia de un hombre bueno atrapado en el cuerpo de un engendro.
Fotos de Joseph tomadas del mismo lugar: http://axxon.com.ar/rev/145/c-145Divulgacion.htm

viernes, 2 de noviembre de 2007
EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL COLERA
Si ya pasaron por el otro cuarto: http://www.sabanaaloccidente.blogspot.com/, saben que ando con ganas de verme la pelicula: "El amor en los tiempos del cólera", me la quiero ver por muchas y diversas razones, pero yo acá voy a hablar solo de una: el libro en el que se basa, me gusta mucho García Marquez, y diré que Cien Años de Soledad la he leído más de 50 veces y sin dificultad alguna puedo hacer el arbol genealogico de los Buendía y un resumen completo de todo el libro que ha sido para mi fundamental, pero El amor en los tiempos del cólera, en mi humildisima opinión es el libro más maravilloso que gabito pudo escribir, una historia de amor a prueba de todo, pero no un amor inmaculado, sino un amor como el de cualquier mortal con defectos y una que otra mentira, por eso les copio unas lineas que dan fe de lo que hablo: la maestría con que esas 473 páginas estan escritas..
"Florentino Ariza la espiaba maravillado, la perseguía sin aliento, tropezó varias veces con los canastos de la criada que respondió a sus excusas con una sonrisa, y ella le había pasado tan cerca que él alcanzó a percibir la brisa de su olor, y si entonces no lo vio no fue porque no pudiera sino por la altivez de su modo de andar. Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su treza, el vuelo de sus manos, el oro de su risa. No había perdido un gesto suyo, ni un indicio de su carácter, pero no se atrevía a acercársele por el temor de malograr el encanto."
Ah, además para los que les gusta Carlos Vives, en esas mismas páginas van a encontrar la ubicación exacta de la tierra del olvido...
"Florentino Ariza la espiaba maravillado, la perseguía sin aliento, tropezó varias veces con los canastos de la criada que respondió a sus excusas con una sonrisa, y ella le había pasado tan cerca que él alcanzó a percibir la brisa de su olor, y si entonces no lo vio no fue porque no pudiera sino por la altivez de su modo de andar. Le parecía tan bella, tan seductora, tan distinta de la gente común, que no entendía por qué nadie se trastornaba como él con las castañuelas de sus tacones en los adoquines de la calle, ni se le desordenaba el corazón con el aire de los suspiros de sus volantes, ni se volvía loco de amor todo el mundo con los vientos de su treza, el vuelo de sus manos, el oro de su risa. No había perdido un gesto suyo, ni un indicio de su carácter, pero no se atrevía a acercársele por el temor de malograr el encanto."
Ah, además para los que les gusta Carlos Vives, en esas mismas páginas van a encontrar la ubicación exacta de la tierra del olvido...
Bonus track: dos canciones de la banda sonora de la pelicula, ambas por Shakira:
Hay amores:
La despedida:
sábado, 20 de octubre de 2007
RAYUELA
Capítulo 7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
sábado, 6 de octubre de 2007
OTRO CUENTO

Tenía cara de no matar una mosca, pero atrapaba tres de un lengüetazo.
Estaba casada, estaba buena, no tan buena, pero estaba buena, y tenía esa boca, esa boca que se tragó a más de uno, a su marido, a mí: su muñeco.
La gente cree que en los museos solo se conocen mujeres feas, y aburridas, eso es bueno, porque somos pocos los que cazamos allá, en esas estaba yo con un buen señuelo: mis esculturas, cuando ella con sus piernas largas y sus manos blancas de dedos kilométricos se me atravesó en la cabeza como una locomotora.
Tenía ese modo de hablar entre inocente y pervertido, que confunde, de pronto crees que si le respondes atrevidamente ella abrirá las piernas y resulta que entonces lo mira a uno de pies a cabeza y al revés, fulminando cualquier intención con esos ojos de pestañas rizadas sin rimel, pero para no matar del todo la ilusión se mordía el labio inferior y yo sentía que la quería perseguir hasta Siberia, si tocaba.

El marido era un buen tipo, ellas se parecen a nosotros más de lo que quisiéramos, se casan con el hombre bueno que les de tranquilidad, pero quieren revolcarse con un cualquiera, igual que nosotros. Y conmigo se revolcó muchas tardes. Era una mujer de ciudad, nació en Bogotá y ahí vivió toda su vida, lo bueno de las mujeres de ciudad es que no necesitan tantas promesas para darlo, porque todas lo dan, lo que pasa es que las niñas de pueblo necesitan que uno les prometa esto y lo otro, y no son tontas ellas saben que esas promesas no son más que migas de pan hasta la cama, pero con eso se convencen de no ser unas putas y además tienen con que demostrarle al que les reproche algo que lo dieron no porque quisieron sino porque uno es un hijueputa que las engatusó, no, con las mujeres de ciudad es menos teatral la cosa, si no quieren darlo no lo dan, si quieren lo dan y no se andan con cuentos, ella es de ciudad, ella quería darlo, así que ella lo dio, y de que manera.

Trabajaba en una empresa grande e importante, como asesora de algo de imagen y marketing, ese es uno de los muchos temas que no entiendo y menos entiendo que ganen cantidades exorbitantes de dinero los “genios” que trabajan en eso, entonces ella era asesora y no cumplía horario, cuando menos esperaba sonaba el celular:
- Voy para allá.
Inicialmente mi idea era otra, creí que era una mujer de vida aburrida, que el marido no la tenía contenta, que había que llevarla a mi apartamento cuando yo pudiera y quisiera, y que con eso estaría feliz, pero no, yo era su puta, espérame y esperaba, vete y me iba, llámame y la llamaba, piérdete y me perdía, me perdía pero le rogaba a un Dios al que solo le pido a veces que apareciera con su entrepierna del diablo y su pelo liso a malograrme la vida, a veces pedía pocas noches, a veces pedía meses enteros.
Pero siempre aparecía, hablaba mucho, usaba un perfume que olía inmundo, y no tenía problemas en conversar minutos eternos con el marido mientras estaba encima mío.
Y yo hubiera ido a Siberia por ella.
Yo vivo solo desde que tengo 15 años, pago las facturas, voy al mercado, lavo la ropa, hago esculturas que se venden bien, cuando quiero esculpo y vendo, cuando no quiero no esculpo ni mierda y vivo de lo que ya vendí, supongo que esa vida al garete era lo que le tenía el ombligo enterrado en mi almohada.
Nunca había podido quedar embarazada, ella y el marido soñaban con un hijo, de cualquier sexo, llevaba 5 años casada, “tirando como Dios manda” decía ella, que tenía una concepción bastante libertina de Dios, y nada, ya se habían hecho mil exámenes y los dos estaban bien, pero a pesar de todo no había hijos. Yo por mi parte no quería tenerlos ni con ella ni con ninguna, no me aguanto a los niños, así que gasté fortunas en condones, porque una mujer que quiere quedar embarazada no se cuida, cosa distinta debe hacer un hombre que no quiere poblar la faz de la tierra.
No creo en la fidelidad, ni en la monogamia, no creo que nadie deba acostarse con una sola persona en la vida, así que antes que esta hiena del averno me preguntara por una de mis esculturas en aquel museo yo tenía muchas amantes, que fueron yéndose o las fui sacando de mi cama para abrirle espacio a ella, que lo devoraba todo, que no compartía nada.

La odiaba y me odiaba a mí por eso. Ella dormía todas las noches con el marido y yo tenía que dormir solo pensando que al día siguiente la mandaría a la mierda y me buscaría otra hembra, en el mejor de los casos muchas hembras que respondieran como micos amaestrados a mis más depravados deseos. Pero amanecía y mientras cincelaba la piedra o moldeaba la arcilla miraba el celular como loco esperando que sonara la canción de porquería que era su ringtone.
Al final uno se va acostumbrando a todo, y yo me acostumbré a la incertidumbre de ser la mascota barata de una mujer casada, de una mujer que era un hombre con piernas y tetas de vieja, me acostumbre a vivir como las amantes de los tipos de las novelas del medio día, que se alegran porque las visitan dos minutos el día de la navidad, les hacen rico y se van a compartir con sus familias, así estaba yo, comiendo feliz las migajas que dejaba tiradas el marido de ella, que podía tenerla todas las madrugadas de frío. Me resigné a vivir a pedacitos.
Pero un día, llegó radiante, con las mejillas rosadas: se acababa de acostar con el marido, yo conocía ese rubor de después del placer, quise gritarle que era un puta de mierda, que no me buscara más, que se muriera, pero esas son las cosas que me gritaban a mi antes las otras viejas, además podía aguantarme eso y más con tal de tenerla desnuda y temblando en mi cama.

- Estoy embarazada,
Tuve que morderme la lengua para no decir lo que ya tenía mecanizado: no es mío, no era la primera vez que una mujer me decía eso, nunca me importó si eran míos o no, fueron todas convencidas de la salida más justa: un aborto. Pero yo no le hubiera dicho eso a ella, porque NUNCA JAMAS DE LOS JAMASES lo hicimos sin condón, y porque y ésta es la razón más poderosa, si el hijo era mío ella lo negaría porque con el único con el que quería tener hijos era con su marido (esposa) y no conmigo (la moza).
- ¿Qué dijo el?
Fue todo lo que pregunté, se derramó como una catarata en un discurso pendejo del hijo y el marido, y de agradecimiento por haberla ayudado ¿qué ayuda le di? ¿yo era un terapeuta? ¿le quité el estrés que no la dejaba preñarse? ¿la preñé? Sí solo le di un servicio ¿me pagaría una liquidación? Pero no le dije nada, porque tenía la lengua atorada y el corazón astillado, porque lo único que quería decirle era que se quedara para siempre conmigo, que yo le criaría su hijo, que podía ser ese proveedor que quería, que me afeitaría la barba, que me peinaría le pelo, que me borraría los tatuajes que la alborotaban pero que no toleraba fuera de la cama, para que por favor no se fuera, pero yo no soy una hembra pendeja, yo soy un varón, y ella no es más que una vagabunda de traje oscuro, me mordí el labio, la miré a los ojos, antes cuando me mordía el labio y la miraba a los ojos ella entendía: se mordía ese labio inferior que es pura carne jugosa, pero esa vez me miró como se mira a un maniquí, y siguió hablando.
No me dijo que no iba a volver más, pero lo supe, porque ella es una dama ante todo, y las damas cuando están preñadas no tiran con un hombre que no sea el marido.
Así que aquí estoy solo, rumiando el dolor y la rabia, ahogandome en un charco de recuerdos, despierto al alba, destrozado y sin una mujer.

Imagenes tomadas de: http://www.fotografia.net/
miércoles, 19 de septiembre de 2007
El hombre muerto
Acá traigo un cuento de Horacio Quiroga, lo leí por la misma época en que leí el sueño del pongo, y en el mismo libro: el de español y literatura 9 de voluntad, de los mejores libros de texto que tuve, solo comparable con Antologia del lenguaje 5, lo pone a uno de frente con la fragilidad de la vida y la levedad del hombre:
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.
La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!
Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!
¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo.
Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.
Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hambre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce.
Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?
¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo...
Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.
¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡ Piapiá!
¿No es eso... ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo...
¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.
El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.
La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.
Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!
Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!
¿Aún...? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo.
Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.
Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?
Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.
El hambre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven... Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce.
Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar...
¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?
¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo... Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.
¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo...
Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.
El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media... El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.
¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.
¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.
...Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos... Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡ Piapiá!
¿No es eso... ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo...
¡Qué pesadilla...! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.
...Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.
Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado.
Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.
el sueño del pongo
"El sueño del Pongo" de José María Arguedas
Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludo en el corredor de la residencia.
¿Eres gente u otra cosa? - le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
¡A ver! - dijo el patrón - por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¿Llévate esta inmundicia! - ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir.
Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto, y por su ropa tan haraposa y acaso, también porque quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
Creo que eres perro. ¡Ladra! - le decía.
El hombrecito no podía ladrar.
Ponte en cuatro patas - le ordenaba entonces-
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.
Trota de costado, como perro - seguía ordenándole el hacendado.
El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.
El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.
¡Regresa! - le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.
El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado.
Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.
¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! - mandaba el señor al cansado hombrecito. - Siéntate en dos patas; empalma las manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.
Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
Recemos el Padrenuestro - decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.
En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.
¡Vete pancita! - solía ordenar, después, el patrón al pongo.
Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos*.
Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hobrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.
Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte - dijo.
El patrón no oyó lo que oía.
¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? - preguntó.
Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte - repitió el pongo.
Habla... si puedes - contestó el hacendado.
Padre mío, señor mío, corazón mío - empezó a hablar el hombrecito -. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.
¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio - le dijo el gran patrón.
Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos. Los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
¿Y después? ¡Habla! - ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.
Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pensando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
¿Y tú?
No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
Bueno, sigue contando.
Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: "De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente".
¿Y entonces? - preguntó el patrón.
Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.
Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.
¿Y entonces? - repitió el patrón.
"Angel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.
Así tenía que ser - dijo el patrón, y luego preguntó:
¿Y a ti?
Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar: "Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano".
¿Y entonces?
Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las furzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. "Oye viejo - ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel -, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!". Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando...
Así mismo tenía que ser - afirmó el patrón. - ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?
No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: "Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.
(*) Indio que pertenece a la hacienda.
Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludo en el corredor de la residencia.
¿Eres gente u otra cosa? - le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
¡A ver! - dijo el patrón - por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¿Llévate esta inmundicia! - ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. "Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza", había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. "Sí, papacito; sí, mamacita", era cuanto solía decir.
Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto, y por su ropa tan haraposa y acaso, también porque quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
Creo que eres perro. ¡Ladra! - le decía.
El hombrecito no podía ladrar.
Ponte en cuatro patas - le ordenaba entonces-
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.
Trota de costado, como perro - seguía ordenándole el hacendado.
El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.
El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.
¡Regresa! - le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.
El pongo volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado.
Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio, como viento interior en el corazón.
¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! - mandaba el señor al cansado hombrecito. - Siéntate en dos patas; empalma las manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.
Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
Recemos el Padrenuestro - decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.
En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.
¡Vete pancita! - solía ordenar, después, el patrón al pongo.
Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos*.
Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hobrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.
Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte - dijo.
El patrón no oyó lo que oía.
¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? - preguntó.
Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte - repitió el pongo.
Habla... si puedes - contestó el hacendado.
Padre mío, señor mío, corazón mío - empezó a hablar el hombrecito -. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.
¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio - le dijo el gran patrón.
Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos. Los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
¿Y después? ¡Habla! - ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.
Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pensando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
¿Y tú?
No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
Bueno, sigue contando.
Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: "De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente".
¿Y entonces? - preguntó el patrón.
Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.
Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.
¿Y entonces? - repitió el patrón.
"Angel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre", diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.
Así tenía que ser - dijo el patrón, y luego preguntó:
¿Y a ti?
Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro Gran Padre San Francisco volvió a ordenar: "Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano".
¿Y entonces?
Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las furzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. "Oye viejo - ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel -, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!". Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando...
Así mismo tenía que ser - afirmó el patrón. - ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?
No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro Gran padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mi, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: "Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo". El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.
(*) Indio que pertenece a la hacienda.
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